Por qué los hombres necesitamos el feminismo

La primera entrada del 2017 tiene un significado especial por varias razones:

  • No fue mi iniciativa. Llegó a mí con un sincero “quiero escribir algo anónimo para su blog” (anónimo porque puede comprometer su fama y prestigio)
  • Es sobre feminismo
  • Tiene una anécdota personal:

Hace un tiempo, bajando por la calle de mi casa, unos señores que arreglaban la calle no me dejaron pasar, me encerraron mientras me decían “piropos” (puaj); después de contarle al autor de la siguiente entrada lo sucedido y lo sentido (pánico, literal) me respondió con un “tampoco hay que exagerar, igual no le pasó nada”; le dije lo mal que me parecía ese comentario, pero él siguió viendo mi comportamiento como dramático (¿no es acaso natural eso en nosotras?).

Es por eso que publicar esta entrada me emociona tanto. Yo lo seguí queriendo (y molestando por el comentario), pero recibir este texto para compartir con ustedes, me hace creer que el cambio es posible (qué frase tan campaña política, voten por Polu y recibirán aguacates y empanadas todos los días). Ahora sí: bienvenidos.

Estaba en una fiesta a la que van muchos extranjeros; al principio de la noche mis amigos me presentaron una alemana, muy agraciada y divertida, nos caímos bien y me empezó a gustar. Durante la noche bailamos y hubo un momento en que intenté acercarme un poquito, ella me empujó muy delicadamente y entendí que hasta ahí, que no había forma con ella, por un momento pensé en irme, sin embargo hacía rato que nos habíamos quedado solos –porque los amigos prefirieron dejarnos, imaginando que nosotros estábamos encarretados– y me pareció de mal gusto interpretar su rechazo a mis intenciones coquetas como un rechazo a mi compañía, entonces me quedé con ella toda la noche sin insistirle más. Ella siguió siendo amable conmigo y yo decidí no interpretar mal la cosa, pensé que nada iba a cambiar, pero algo cambió:

Apenas dejé de cortejarla, como si se tratara de una presa que ha sido asediada durante horas por un depredador que cansado desiste al final, toda una corte de carroñeros comenzó a presentarse. Yo pensaba, lo confieso, que la queja constante de las muchachas de “Los hombres me dicen cosas feas en la calle” era exagerada, que no era tan grave, que las peladas eran muy sensibles, que la cosa es de hacer oídos sordos y seguir caminando tranquilas. Tengo muchas diferencias con el feminismo, es verdad, muchas veces por ignorancia, también porque hace años decía “soy un hombre feminista” hasta que una feminista se enojó y me dijo que jamás podría serlo por el hecho de ser hombre. No creo, tampoco, que sea machista conscientemente, pero dos mil o tres mil años de machismo no se quitan de la noche a la mañana y, es cierto que, existe un sistema de privilegios del que me beneficio sin pedirlo y que, a veces, sin darme cuenta, tampoco rechazo.

Dicen por ahí que “Los beneficios inmerecidos como el olor, no se sienten cuando son propios” y es verdad también que uno no se entera de muchas cosas, que uno no las siente, que no tiene forma de verse afectado porque lo protege ese sistema de beneficios que uno mismo desconoce: dentro de esas cosas que uno no siente, que a uno no le afectan, estaba para mí el acoso callejero, hasta esa noche.

Casi todos los hombres que pasaban le decían cosas, unas peores que otras, desde “tienes unos ojos muy bonitos”, hasta frases muy ofensivas como algo que le dijo un gringo –el mal no es chibcha, parece que incluso es peor en otros países, porque los comentarios más virulentos venían de extranjeros–; el tipo se le arrimó y sin ningún consentimiento comenzó a bailarle por detrás, le dijo algo al oído que no alcancé a escuchar, ella se quitó y lo miró mal, el tipo le respondió “Yo sé que eres como cualquier perra, apenas te muestre la plata que traigo”, pasó un corrillo de varios muchachos, que le decían “eso, así me gustan, seriecitas”. Varios hombres se le acercaban de modo muy amenazante y entendí que la queja era en serio, que los hombres dicen cosas horribles en la calle, pero más allá de lo que dicen, los hombres amenazan a las mujeres en la calle: detrás de todos esos comentarios, que a veces parecen inocentes, como “qué rico darle besitos”, se esconde una amenaza de que eso puede hacerse real. Yo pensaba que era exageración, pero esa noche lo sentí. Lo sentí y me lo hicieron sentir.

Al final ella me pidió, con mucha discreción, que por favor no la fuera a dejar sola, que me quedara al lado de ella todo el tiempo, que le diera la mano –¡que le diera la mano!–, y ahí encontré la clave para desvelar lo que se esconde detrás de ese acoso. Después de darle la mano, de abrazarla, de que comenzamos a bailar como si yo fuera su pareja dejó de suceder: pero no porque la respetaran a ella, era porque me respetaban a mí, que soy hombre.

Y de verdad se siente: parece que el mensaje fuera que una mujer que decide salir sola se expone a esas cosas y tiene que asumirlas naturalmente, que cuando sale con un hombre la cosa cambia, que no hay que atacarla porque pertenece a ese hombre, porque las mujeres como las cosas, cuando están solas son de todos pero cuando tienen dueño se respetan.

No sé si lo que voy a decir me haga feminista –hace tiempo dejé esa pretensión de lado–, prefiero sentirme solamente un hombre medianamente enterado y sensible: ¿es mucho pedir un mundo en que uno pueda salir de fiesta con sus amigas y no sienta que debe cuidarlas porque los demás hombres van a violarlas?, yo creo que no es mucho, que el cambio que hay que hacer es apenas sutil, pero que es algo que necesitamos sin dudar.

No sé si los hombres podemos ser o no feministas, pero de algo estoy seguro y es que necesitamos el feminismo, necesitamos un feminismo que nos haga entender que hay que respetar pero que también nos libere de la obligación de ser los machos protectores de nuestras hembras, un feminismo que nos releve de la carga de ser propietarios y nos permita ser amigos de las mujeres.

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